domingo, 28 de septiembre de 2008

El precio del doble juego de El Assad


El pasado martes, George W. Bush reservó unas líneas de su discurso de despedida ante la Asamblea de la ONU para no marcharse sin antes acusar a Siria, en igualdad de condiciones que a Irán, de seguir apoyando un terrorismo que «no tiene sitio en el mundo moderno». El presidente estadounidense, a dos telediarios de dejar la Casa Blanca, ratificaba así su rechazo a su homólogo Bashar al Assad, al que ha dado la espalda -como él mismo resumiría- «por albergar a Hamás, dar facilidades a Hizbolá, porque los atacantes suicidas salen de su país hacia Irak, y por desestabilizar el Líbano».
Puede que en el Palacio del Pueblo de Damasco, Bashar El Assad aguarde con esperanza la llegada de una nueva Administración norteamericana. Porque con la saliente, las maniobras hechas para lograr un reconocimiento de Washington que legitime a Siria en el panorama internacional, reconcilie su régimen con hermanos árabes como Arabia Saudí o Egipto y sirvan para olvidar las sanciones económicas, no han colado.
Su voluntad para un eventual acuerdo de paz con Israel, su beneplácito en mayo para la firma del pacto de Doha que permitió cerrar 18 meses de crisis incendiaria en el Líbano, han tenido la recompensa de que Assad fuera recibido por Sarkozy en París con inéditos honores, y su ministro de Exteriores se reuniera fugazmente con Condoleezza Rice en algún salón prestado. Siria es clave para un Oriente Próximo más estable. Pero a la vez que ha empezado a asumir compromisos dirigidos a sacar a Damasco de su aislamiento, el jefe de la dinastía republicana ha rechazado que vaya a cortar o alterar de forma significativa sus nexos con Teherán o las milicias a las que arropa y con las que coopera.
Este doble juego lleno de contradicciones ha negado a Assad la entrada en Occidente. Pero el coqueteo con Washington puede haber multiplicado ahora las iras de sus tradicionales enemigos yihadistas, combatientes iraquíes a los que Damasco ha llegado a extraditar a EE.UU. en su afán por conciliar nebulosas terroristas que se sienten traicionadas. Puede que Siria haya empezado a pagar el precio.

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